28 mayo, 2013

Cinco veces Paul


 
 

Sir Paul McCartney, uno de los integrantes del legendario conjunto The Beatles, realiza una gira internacional que lo llevó recientemente a Orlando.
Sir Paul McCartney, uno de los integrantes del legendario conjunto The Beatles, realiza una gira internacional que lo llevó recientemente a Orlando.
Alexander Zemlianichenko / AP
Estoy en el tumulto de gente contenta y cordial tratando de comprar el t-shirt emblemático de la nueva gira internacional de Paul McCartney, “ Out There”, y escucho cuando un veterano de estas lides, a mi lado, le dice a otro: “Este es mi quinto concierto”.

De pronto caigo en cuenta que también es mi quinta ocasión de poder disfrutar a quien encarna la vigencia de los Beatles en vivo, solo que el americano tuvo todo el tiempo de su vida, para ver incluso al grupo de genios de Liverpool, mientras yo he debido apurarme para satisfacer el añorado gusto, debido a una de las tantas aberraciones de la dictadura de los Castro, que le dio por prohibirlos cuando estaban en la cúspide de su fama.

De nada vale que en los últimos años los Beatles hayan sido redimidos en Cuba debido al empuje de sus numerosos fanáticos, con estatua de John Lennon en un parque de El Vedado y la apertura de un night club temático. El daño es incalculable y debería incluirse en el pliego de demandas del perjuicio que el totalitarismo causó en varias generaciones de cubanos.

Paul McCartney, integrante del dúo de compositores más importante de la música popular del siglo XX, ostenta una de las fortunas más cuantiosas de Inglaterra y entonces, me pregunto: ¿Qué lo hace regresar cada año a los escenarios, al agobio del viaje y sus incidentes sociales o naturales, como la insólita invasión de grillos que lo acosara recientemente durante una presentación en Brasil?

Debe ser que en las postrimerías de una carrera sin parangón y setenta años bien cumplidos, disfruta como nadie del contacto con el respetable y se ha hecho el hábito de prodigar felicidad.

Esta vez la cita fue a tres horas y media de Miami, en el Amway Center de Orlando, y mi equipo de seguidores incondicionales, esposa e hijo de 16 años, se alistó, como siempre, aunque agregando un nuevo detalle, el hecho de hospedarnos en un hotel a pocas cuadras de la sede del concierto donde, a todas luces, un alto por ciento de los huéspedes compartían la misma idea.

En la piscina, por ejemplo, una pareja había instalado un discreto sistema de audio con canciones de McCartney y el resto de los bañistas hacía anécdotas como preparándose para la gran noche.

El camino a la presentación parecía un peregrinaje de fieles tras las huellas de un grupo musical y su época ya improbables, donde todos ostentaban algún atuendo alegórico. Llamaba la atención este caballero alto y delgado con su chaquetilla donde figuraban los más variados bordados iconográficos de los Beatles. El mismo que al regreso nos interpeló para saber de nuestra experiencia y bendijo a Paul por mantener viva la llama, a Ale, mi hijo, por disfrutarlo a su edad, y a nosotros por lograr este milagro.

El concierto, por supuesto, fue el nirvana y la precisión. Arrancó con Eight Days a Week y se extendió durante 38 canciones, algunas nuevas en la lista como Lovely Rita y Being for the Benefit of Mr. Kite!, hasta las electrizantes melodías que marcan el final del álbum Abbey Road.

A mí me corre alguna que otra lágrima con Eleonor Rigby, And I Love Her o Hey Jude. Nunca me acostumbro a la emoción y juraría haber visto a mi hermano entre el público, quien realmente está en el cielo, y a mi amigo Angel Carlos, que murió en Cuba, y era otro de sus devotos.

Ayer mi esposa guardaba su McCartney t-shirt y me dijo con una sonrisa cómplice: “hasta el próximo año”.

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